El obispo

"Según la tradición, entre los diversos ministerios que se ejercen en la Iglesia, desde los primeros tiempos ocupa el primer lugar el ministerio de los obispos que, a través de una sucesión que se remonta hasta el principio, son los transmisores de la semilla apostólica" (LG 20).

La consagración u ordenación episcopal confiere la plenitud del sacramento del orden. Junto con la función de santificar, también el obispo tiene las de enseñar y gobernar [...]
Por la imposición de las manos y por las palabras de la consagración se confiere al obispo, la gracia del Espíritu Santo y queda marcado con el carácter sagrado. En consecuencia, los obispos, de manera eminente y visible, hacen las veces del mismo Cristo, Maestro, Pastor y Sacerdote, y actúan en su nombre. 

Por el Espíritu Santo que han recibido, los obispos son los verdaderos y auténticos maestros de la fe, pontífices y pastores.

Los obispos, por la ordenación, están dentro del colegio episcopal que es un cuerpo colegial, una asamblea permanente, sucesora del colegio de los apóstoles. Por tanto su misión es, al igual que los apóstoles, predicar el Evangelio de forma que todos los pueblos lleguen a la salvación a través de la fe, el bautismo, y la obediencia a los mandamientos. 

El colegio de los obispos, unido bajo el Papa, sucesor de Pedro, expresa la unidad, la diversidad, y la universalidad del rebaño de Cristo.

El obispo es ordenado para una Iglesia particular, ejerce su gobierno pastoral sobre la porción de Pueblo de Dios que le ha sido confiado, y es el principio y fundamento visible de la unidad en su Iglesia particular. Cada obispo ejerce su función sobre su Iglesia particular y sobre el pueblo de esta Iglesia, no sobre otras Iglesias particulares o la Iglesia universal. 

Es de singular importancia la vida litúrgica de la diócesis en torno al obispo, sobre todo en la Iglesia catedral, persuadidos de que la principal manifestación de la Iglesia tiene lugar en la participación plena y activa de todo el pueblo santo de Dios en las mismas celebraciones litúrgicas, especialmente en la misma Eucaristía, en una misma oración, junto a un único altar, que el obispo preside rodeado por su presbiterio y sus ministros.