Miércoles, 21 Junio 2017 19:59

Enraizados en el Corazón de Jesús

El viernes 23 de junio celebramos la fiesta del Corazón de Jesús.

La devoción al Sagrado Corazón de Jesús está basada en el texto del Libro del Apocalipsis 3, 20 “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré, y cenaré con él, y él conmigo”, en la que el Señor nos llama a estar con Él y donde se revela, más patentemente, si cabe, la misericordia de Dios para con el hombre.

Es una devoción que no puede ser solo una relación personal entre Cristo y el hombre o la mujer, sino que, si realmente es sincera, ha de llevar que igual que Él tiene su corazón abierto a cada uno de nosotros, con todas nuestras fortalezas y flaquezas, nosotros hemos de abrir nuestro corazón a las personas que nos encontramos en el camino de la vida, escuchándolos, acogiéndolos y ayudándolos.

En el libro del Éxodo, ya Dios se nos revela como el Dios compasivo y misericordioso...

 ...Nosotros, “por nuestra entrega desinteresada y benévola, podemos revelar a los hombres el rostro compasivo del Señor y atraerlos a él” (Cf. Rdv 152). Es nuestra misión.

El texto del libro del Éxodo, nos puede clarificar el amor de Dios hacia nosotros y el compromiso que comporta para nosotros, si lo acogemos.

Moisés subió de madrugada al monte Sinaí llevando en sus
manos las dos tablas de piedra. El Señor bajó en una nube y
se quedó allí junto a él. Moisés entonces invocó el nombre
del Señor, y él pasó delante de Moisés diciendo con voz
fuerte: «Señor, Señor, Dios compasivo y misericordioso,
tardo a la cólera y rico en amor y en fidelidad». Al momento,
Moisés se inclinó y se echó por tierra, diciendo: «Señor, si
realmente me miras con buenos ojos, ven y camina en medio
de nosotros; aunque sea un pueblo rebelde, perdona
nuestras faltas y pecados, y recíbenos por herencia tuya
»”.

Aquél día era muy especial. Moisés tenía una cita importante. Ni más ni menos el mismo Dios quería encontrarse con él. Por eso, muy de mañana, emprendió la marcha y subió al monte. Dios era el Altísimo y para encontrarse con él tenía que subir… y subir. Cargó con las tablas de ley, en las que se compendiaban todas sus creencias, así como todas las obligaciones para satisfacer a ese Dios con el que se iba a encontrar.

Pero, ¡oh paradoja!, mientras Moisés subía, Él bajaba. ¿Sería que estaba enseñando el verdadero camino para el encuentro, el camino del abajamiento?

Él se quedó junto a Moisés. Su presencia lo había dejado sin palabras. Después de un largo momento de silencio, lo único que salió de sus labios fue la invocación de su nombre: ¡Señor!

Entonces sintió que ese Señor al que había invocado se ponía en movimiento, pasaba delante de él y lo envolvía por delante y por detrás, por la izquierda y por la derecha.

En su corazón resonó con fuerza su palabra, una palabra de amistad como nunca había sentido, y le revelaba su secreto, su identidad más profunda. Aquel “Señor” al que había invocado, era “compasivo y misericordioso, lento a la cólera y rico en amor y en fidelidad”.

Se abajó, con el rostro en tierra, porque había comprendido que la única subida que agradaba a Dios era bajar a lo más profundo. Y, sintiéndose en comunión con el Dios compasivo y misericordioso, se sentía en comunión con su propio pueblo. Ese pueblo en camino que sentía las miserias de sus infidelidades, que soñaba con una felicidad que nunca llegaba a tocar con sus manos, y por eso se impacientaba y dudaba. Pero comprendió que, estar de parte de Dios, era no condenar, sino sentirse parte del pueblo de Moisés, su pueblo. Por eso, de su corazón surgió aquella sincera súplica: «Ven y camina en medio de nosotros; aunque sea un pueblo rebelde, perdona nuestras faltas y pecados, y recíbenos por herencia tuya».

Más que una petición a Dios por su pueblo, era una petición por sí mismo, para poder ser fiel a esa misma petición que le hacía su pueblo.

Emprendió el camino de vuelta. Abajo le esperaban… Ya no llevaba las tablas de piedra, le bastaba que las palabras de Dios se hubieran grabado en su corazón.

¿Se han grabado también en el tuyo? ¿Le pides que camine contigo y con las personas que tienes cerca? ¿Intentas imitarlo con tu compasión y misericordia? Él te está esperando para que seas un adalid de esta devoción al Sagrado Corazón, abriendo el tuyo a los demás.
 

Oración de Consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y María

Parroquia de Nuestra Señora del Mayor Dolor ─ 2016