Sábado, 29 Abril 2017 13:07

Las lecturas de la Palabra de Dios y su explicación

Cuando se leen en la iglesia las Sagradas Escrituras, Dios mismo habla a su pueblo, y Cristo, presente en su palabra, anuncia el Evangelio.

Por eso las lecturas de la Palabra de Dios, que proporcionan a la liturgia un elemento de la mayor importancia, deben ser escuchadas por todos con veneración. Y aunque la palabra divina, en las lecturas de la Sagrada Escritura, va dirigida a todos los hombres de todos los tiempos y está al alcance de su entendimiento, sin embargo, una mejor inteligencia y eficacia se ven favorecidas con una explicación viva, es decir, con la homilía, como parte que es de la acción litúrgica. La homilía es propia del sacerdote, o en la misa, por delegación de éste, del diácono.

Ser lector es ejercer un ministerio mediante el que el fiel, “presta su voz” a Dios para que el pueblo congregado escuche su Palabra. Por tanto es preciso una preparación espiritual y personal, conociendo y orando, previamente, el texto que se va a proclamar, cuidando su sentido, la dicción y el estilo. No es lo mismo una narración, que un poema, que una exhortación.

El lector sube al ambón (que significa “lugar al que se sube” y que por eso debe estar un poco en alto) por la parte central del templo, haciendo una única reverencia, a ser posible, al altar y al sacerdote que preside. Invita a la escucha atenta al enunciar la Palabra que va a proclamar diciendo “Lectura de…” Lo hace sin prisas, esperando la respuesta del pueblo. Igualmente al final invita a la aclamación a los fieles diciendo “Palabra de Dios” y no “ES Palabra de Dios”, ya que no

 está certificando lo que todos ya sabemos sino, como se ha indicado anteriormente, aclamando el don recibido por medio de la Palabra. Tras escuchar la respuesta de la comunidad, puede realizar una reverencia a la Palabra de Dios, antes de retirarse a su sitio.

 

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