El "Amén" al final de la Plegaria Eucarística

Significa la adhesión del pueblo de Dios que participa en la celebración a todo lo que, quien la preside, ha ido diciendo al Padre del cielo en nombre de todos.

San Agustín, comentando este "amén" y haciéndose eco de una tradición compartida por otros Padres de la Iglesia, dice que aclamar con el "amén" al término de la oración eucarística significa suscribir y asentir a todo lo que se ha dicho y que, además, expresa el compromiso de todos con lo que el celebrante ha dicho (cf. Sermón contra los pelagianos, 3).

Recordad esto; la plegaria eucarística termina con una gran glorificación a Dios: "Para él [es decir, por Cristo], con él y en él, a ti, Dios Padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos". Y todos responden: "Amén". Esta glorificación trinitaria es el punto más álgido de todo el culto que la Iglesia tributa a Dios, y al que nos adherimos con nuestro "amén" vibrante.

¿Qué suscribimos, sin embargo, con esta nuestra aclamación? ¿A qué asentimos? Nos hacemos nuestra -con el "amén" - la acción de gracias por la obra salvadora que el Padre ha llevado a cabo en Jesucristo y que ha culminado en su muerte y resurrección.

Nos adherimos, también, a la oración que pide que el Espíritu Santo transforme el pan y el vino en Cuerpo y Sangre de Jesucristo pidiendo que, por la presencia de Cristo resucitado, esta obra salvadora continúe su acción en la celebración litúrgica.

Nos adherimos, además, a la ofrenda que el celebrante, en nombre de la Iglesia, hace al Padre de Jesucristo, presente en el sacramento como verdadero cordero pascual.

Y nos adherimos, aún, a las intercesiones a favor de la Iglesia y del mundo, de los vivos y los difuntos, así como a la petición de que, todos los que participamos del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, estemos unidos en un solo cuerpo eclesial animado por el Espíritu Santo.

Como he dicho, además de suscribir lo que el celebrante ha rogado, nuestro "amén" expresa el compromiso de hacer vida el contenido de la oración eucarística. Es decir, de llevar una vida agradecida a Dios por su amor y su obra salvadora; una vida identificada con Jesucristo que en la Eucaristía viene a nosotros para hacernos semejantes a él; nos comprometemos a trabajar por la comunión en el seno de la Iglesia y a estar al servicio de toda la humanidad.

Como veis, es importante que digamos el "amén" con toda conciencia, con toda sinceridad, con toda la fe y todo el agradecimiento de que seamos capaces. Así ejercemos nuestro sacerdocio bautismal y confirmamos lo que en nombre de todos ha pedido el celebrante.

Josep María Soler, Abad de Montserrat