Sábado, 08 Febrero 2020 13:03

V DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A

Lecturas dominicales

Jesús con su mensaje vuelve nuestros criterios del revés, seguirlo comporta un cambio radical de mentalidad y vida. Ser discípulo de Jesús no queda en la propia satisfacción y complacencia, ha de trascender hacia los demás. El discípulo ha de ser misericordioso, ha de llorar con los que lloran, ha de buscar la justicia, ha de ser limpio de corazón.

La misión y el sentido que ofrece Jesús están simbolizados por dos elementos cotidianos: la sal y la luz. Dos elementos que se hacen notables cuando faltan, que “brillan por su ausencia”.

La sal no vale para sí misma. 

No tiene belleza ni ostentación, pasa desapercibida pero es el elemento culinario más imprescindible. No busca protagonismo ni poder. Nosotros cuando funcionamos, cuando somos sal, pasamos casi inadvertidos, pero pasamos, sin hacer ruido, haciendo el bien.
La sal conserva y purifica, pero tengamos cuidado porque si la sal se desvirtúa ¿Con qué se la salará? Como inservible se tira al camino para que la pisen las gentes.

Somos luz y la verdad, no para uno mismo, sino para alumbrar a todos los de la casa, a los de cerca pero también al mundo. El seguidor de Jesús lo es para los otros. La vocación del cristiano no es la del escondite, la del respeto humano y el complejo de inferioridad. La presencia del cristiano ha de ser transparente, como la de aquel que no tiene nada que ocultar y sí mucho que mostrar.

Nuestro ser luz ha de ser manifestar la de Cristo.

Recordemos diariamente que Jesús nos dice sois sal y sois luz, y con por ello “alumbre vuestra luz a los hombres para que vean vuestras buenas obras y den gloria a vuestro Padre que está en el cielo”.

Gracias, Señor, porque me llamas a ser sal y luz.
 

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