Viernes, 10 Enero 2020 12:53

III Domingo del Tiempo Ordinario - Domingo de la Palabra de Dios, Ciclo A

 

Lecturas dominicales

Folleto catequesis-pastoral

Celebramos el III domingo del Tiempo ordinario tras la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos. Hacia esta unidad caminaremos todas las confesiones cristianas si de verdad ponemos la Palabra de Dios en el centro de nuestras comunidades y de nuestras relaciones. El Señor Jesús insiste en que permanezcamos unidos a él, la Vid verdadera, de modo que sus palabras permanezcan en nosotros, sus discípulos.

El versículo del aleluya, que hoy hemos tomado del final del evangelio de Mateo, nos ofrece una clave para comprender las lecturas que hemos proclamado en este «domingo de la Palabra de Dios» que el papa Francisco ha instituido en el III domingo del Tiempo ordinario: «Jesús predicaba el Evangelio del Reino, curando las enfermedades del pueblo».

El arresto de Juan el Bautista, el primero en intuir la llegada del Reino y anunciarlo, 

empuja a Jesús a tomar el relevo. A partir de ahora será él quien continúe con la predicación de la Buena Noticia del Reino y su implantación en medio de este mundo. El Bautista había irrumpido en escena en el desierto de Judá, junto al Jordán. Su mensaje era de conversión ante la inminente llegada de Dios que trae un hacha en la mano para cortar los árboles que no dan fruto. Un anuncio terrible que podía infundir miedo y temor. Jesús, por su parte, cambia de escenario. Sube a Galilea y se traslada desde Nazaret, el pueblo donde se había criado y vivido durante 30 años, hasta Cafarnaúm, que está situado junto al lago de Genesaret.

El desierto de Judá da paso al vergel de Galilea. Una tierra de frontera, que por su proximidad a otros pueblos extranjeros es llamada «la Galilea de los gentiles». A primera vista, Jesús se limita a repetir el mismo mensaje de Juan: «Convertíos, porque está cerca el Reino de los cielos». Pero el tono y las consecuencias de su predicación son muy diversas. Si la proclamación de Juan suscitaba cierto temor por las imágenes que utiliza (cf. Mt 3, 7-12), el anuncio de Jesús genera alegría y gozo, y proporciona luz para salir de las tinieblas en las que vive Israel. De este modo se cumplen las palabras del profeta Isaías que hemos escuchado en la primera lectura: «El pueblo que caminaba en tinieblas vio una luz grande; habitaban tierras de sombras, y una luz les brilló. Acreciste la alegría, aumentaste el gozo».

Estas palabras nos traen a la memoria el Evangelio que se proclamó el día de Navidad y todo lo que hemos celebrado en estas fiestas tan entrañables: «El Verbo era la luz verdadera que alumbra a todo hombre, viniendo al mundo». Jesús, con su anuncio, con su palabra, trae vida, ilumina, da el poder ser hijos de Dios, llena la vida de regocijo.

Si la invitación del Bautista movió a muchos a bautizarse, la proclamación de Jesús se convierte en una invitación al seguimiento y a involucrarse en la tarea del Reino, que trae curación y salvación para todos: «Venid y seguidme y os haré pescadores de hombres». Jesús anuncia un proyecto en el que, junto a otros, la prioridad sea curar y recuperar a quienes viven sumergidos y oprimidos por las fuerzas del mal.

Jesús no solo invitó a los primeros discípulos a implicarse en la hermosa tarea del Reino. El Señor resucitado llamó también a Pablo y lo empujó a ir más allá de las fronteras del judaísmo para que todos los pueblos –y no solo Israel– conocieran el Evangelio del amor de Dios revelado en la cruz: «No me envió Cristo a bautizar, sino a anunciar el Evangelio, y no con sabiduría de palabras, para no hacer ineficaz la cruz de Cristo».

El papa Francisco, al instituir el «domingo de la Palabra de Dios», nos recuerda que el Resucitado sigue caminando en medio de su comunidad, explicando las Escrituras con su vida y su palabra, e invitándonos a todos a implicarnos en la hermosa tarea de anunciar el Evangelio.

Si Jesús se traslada hacia las fronteras de Galilea para convertirse en luz y alegría, si Pablo va más allá de los límites del judaísmo, podemos comprender la urgencia con la que el papa Francisco nos invita a salir e ir hacia las periferias de la existencia para llevar la alegría y el consuelo del Evangelio a todos. Solo podremos ser servidores de la Buena Noticia del Reino si, como nos invita este «domingo de la Palabra de Dios», colocamos el Evangelio en el centro de nuestras vidas, de nuestras comunidades y de nuestras tareas.
 

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