Martes, 31 Diciembre 2019 19:49

SANTA MARÍA MADRE DE DIOS

Lecturas dominicales

Un año nuevo invita siempre a la reflexión, a hacer memoria agradecida de lo acontecido a lo largo del año que pasó. Recordar es aprender de todo aquello que nos ha ayudado a madurar, a crecer como personas, a avanzar en el camino de la vida y de la fe. El tiempo no para, pero nos exige pararnos. Si no reflexionamos en el tiempo, este no se convierte en una oportunidad para vivir.

Jesús tuvo su tiempo; la Iglesia tiene ahora su tiempo. Reconocer este tiempo nos ayuda a comprometernos con ella y con toda la creación.

María, en el relato del nacimiento de su Hijo, nos enseña a contemplar a quién se ha encarnado en el tiempo. Nos invita a considerar y a tener presente a Jesús en nuestra vida. Ella nos propone al inicio de este año nuevo que vivamos en contemplación. Salir para observar, mirar, prestar atención a lo importante que sucede en la vida, en el tiempo de Dios.

Vivamos en actitud de escucha, así podremos sentir lo que de verdad vale la pena, como María que escuchando a los pastores, se alegra, goza en su presencia, su escucha se vuelve anuncio y testimonio.

Guardemos en nuestro corazón los acontecimientos del tiempo, y aprendamos de María, la mujer del silencio, de la espera paciente y de la palabra guardada.

El año que comenzamos nos pone por delante todo lo que podemos llegar a hacer. Es en este momento cuando llenamos la agenda de nuevos propósitos, de actitudes que necesitamos cambiar en nuestra vida.

Revisamos aquello que no hemos cumplido en el año que ha finalizado y lo volvemos a tener en cuenta. Reavivamos la esperanza de cumplir nuestras promesas.

A través del sí de María se ha llegado a la plenitud de los tiempos. Ella se nos presenta como un vaso siempre rebosante de la memoria de Jesús, Sede de la Sabiduría, al que podemos acudir para saber interpretar coherentemente su enseñanza, para captar el sentido de los acontecimientos que nos afectan a nosotros, a nuestras familias, a nuestros países y al mundo entero.

Donde no puede llegar la razón de los filósofos ni los acuerdos de la política, llega la fuerza de la fe que lleva la gracia del Evangelio de Cristo, y que siempre es capaz de abrir nuevos caminos a la razón y a los acuerdos.

En María, en Jesús, se cumplieron todas las promesas que Dios hizo a la humanidad. Todo aquello que el hombre no necesita anotar porque lo lleva grabado en el corazón. La gran promesa de Dios para por Jesús de Nazaret. Él se hizo por nosotros niños, hombre, hijo, hermano. En Él nosotros encontramos la libertad, la salvación, la luz, la esperanza, el sentido de la vida. En Él somos hijos, hermanos de todos los hombres y mujeres de cualquier raza y condición.

Se han cumplido las promesas. Ya no hay soledad en el corazón del hombre porque hemos sido llamados a la comunión, a la casa habitada y compartida con todos.

María, Madre de la Paz, derrama sobre nosotros tu bendición; muéstranos el rostro de tu Hijo Jesús, que derrama sobre todo el mundo su misericordia y su paz.

Gracias, María, por haber llevado en tu seno al Hijo de Dios.

 

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