Miércoles, 23 Enero 2019 11:35

VI DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C, 17 DE FEBRERO DE 2019

Lecturas domiicales

El domingo pasado tratábamos en el evangelio, del comienzo de la predicación y el llamamiento de los primeros discípulos. Seguidamente Jesús cura a un leproso, perdona los pecados de un paralítico, elige comer en casa de un publicano y polemiza sobre la ley del ayuno, motivo por el que le sigue la multitud. A continuación Lucas nos sitúa en lo fundamental de su mensaje, el centro, el llamado "Sermón del Llano", paralelo al "Sermón del Monte" de Mateo.

Lucas describe la acción relatando que Jesús, como hombre de oración, ha pasado la noche orando en la montaña; al amanecer, llama a sus discípulos, de entre los cuales elige doce que llama "apóstoles". Al bajar del monte encuentra una multitud ansiosa de escuchar la Palabra de Dios, a quienes les dirige el "Sermón del Llano", como es llamado por algunos este texto del evangelio de Lucas.

Las palabras Jesús las dirige a un grupo de numerosos discípulos, pero es una enseñanza que va dirigida a todos, tanto los que estaban allí presentes, como los que no lo estaban. Como también a una gran multitud proveniente de diversos lugares, de toda la Judea, de Jerusalén, de Tiro y de Sidón, que se había congregado para oírle.

El evangelio de hoy nos presenta las cuatro bienaventuranzas y las cuatro maldiciones del Evangelio de Lucas. Este gran discurso empieza con la exclamación:"¡Bienaventurados los pobres!" y "¡Ay de vosotros los ricos!", En su mensaje, anuncia al mismo tiempo dichas y ayes, bendiciones y maldiciones. Las bendiciones van dirigidas a los resignados y excluidos, en tanto que las maldiciones son para los que con su desinterés y abusos han multiplicado el sufrimiento de los demás.

Debemos tener en cuenta, una vez más, la libertad de los evangelistas para encuadrar los relatos que circulaban sobre Jesús, según el objetivo que cada uno de ellos pretendía, adaptándolas a las exigencias de la comunidad para la que escribía. En Mateo, el sermón tiene ocho bienaventuranzas, que marcan un proyecto de vida para las comunidades cristianas de origen judaica. En Lucas, el sermón es más breve pero más radical. Consta de cuatro bienaventuranzas, contraponiendo a cada una de ellas una maldición, introducida por un "¡ay!" y dirigidas para las comunidades, constituidas de ricos y de pobres.

Mateo recalca la pobreza espiritual ("bienaventurados los pobres "de espíritu"), y Lucas destaca la pobreza material ("bienaventurados los "pobres"). Mateo habla de actitudes: "bienaventurados (felices) los que eligen ser pobres"; Lucas habla, de situaciones: "bienaventurados (felices) vosotros, los pobres". Los ricos no están excluidos sólo por serlo; ellos mismos se excluyen en la medida en que sus bienes se transformen en instrumentos productores de pobreza para sus hermanos, fabricando con sus riquezas su propio "dios". Por lo tanto la pobreza espiritual de la que nos habla Mateo es una característica que puede ser conseguida por cualquiera que se abandone a Dios, reconociendo su debilidad pecaminosa y sus ganas de liberación.

Estas diferencias no representan que haya oposición entre ambos evangelios, pero pone de relieve la libertad de los evangelistas. Jesús no sólo se solidarizó con los pobres materiales, sino que él mismo vivió como tal, asumiendo la condición social de los marginados. Para Jesús sus favoritos habrían de ser siempre los "anawin" que en arameo significa "pobre, humilde", y que en este Evangelio el Señor llama bienaventurados, dichosos.

En el evangelio como en la realidad nos encontramos dos divisiones, dos mundos. A la categoría de los bienaventurados pertenecen los pobres, los hambrientos, los que ahora lloran y los que son perseguidos y proscritos a causa del Evangelio. A la categoría de los desventurados pertenecen los ricos, los saciados, los que ahora ríen y los que todos hablan bien de vosotros.

El relato del Evangelio de hoy es verdaderamente una espada de doble filo: separa, traza dos destinos diametralmente opuestos. Recordemos que Jesús no santifica buenamente a todos los pobres, los que padecen hambre, los que lloran y son perseguidos, como no descalifica sencillamente a todos los ricos, los saciados, los que ríen y son aplaudidos. La separación es más radical; se trata de saber sobre qué base cada uno establece su propia seguridad, sobre qué cimientos está construyendo el edificio de su vida: si sobre aquél que cede o sobre aquél que resiste.

Porque Dios se revela en el mundo de los pobres, de los que lloran, de los perseguidos por la justicia. Y lógicamente, Dios no pretende, ni puede revelarse en el mundo de los ricos, del poder, de la infamia. Lo que Jesús anuncia es provocador, es un Reino que rompe exageradamente con todo lo establecido. Jesús no dice que debamos ser pobres y vivir como ellos. Solamente recalca que Dios esta con aquellos que los opresores han ignorado, oprimido, acusado y llevados a la miseria. Al mismo tiempo las lamentaciones nos recuerdan que no intentemos buscar a Dios en las riquezas o en el poder, creandonos dioses o ídolos falsos.

Por todo esto el Evangelio no puede ser percibido de igual manera por todos. Mientras para los pobres es una Buena Noticia que los invita a la “esperanza”, para los ricos es una amenaza que los llama a la “conversión”. La distancia que separa a ricos y pobres sigue creciendo de manera imparable. O tomamos en serio a los pobres u olvidamos el Evangelio. En los países ricos nos parecerá cada vez más difícil escuchar la advertencia de Jesús: “No podéis servir a Dios y al Dinero”. "¿Cómo escuchar este mensaje en nuestras comunidades cristianas?" Se nos hará insoportable.

Jesús no dice: "dichosos los ricos" (como pensamos nosotros), sino "pobres de vosotros" porque "ya tenéis vuestro consuelo", es decir, porque estáis satisfechos, esclavos de ese consuelo, os volvéis insolidarios e incapacitados de aspirar a nada más. Porque cuanto más se tiene se suele desear más de lo mismo, perdiendo toda la solidaridad.

 

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