Jueves, 20 Diciembre 2018 18:41

III DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO C, 27 DE ENERO DE 2019

Lecturas dominicales

El evangelio de este III Domingo del Tiempo Ordinario está formado por dos textos de Lucas: el primero es el prólogo de su evangelio y el segundo es el discurso programático que Jesús pronuncia en la sinagoga de Nazaret para comenzar así su ministerio público. En la primera parte Lucas nos presenta su obra y nos manifiesta su intención: escribe para mostrar la firmeza de la predicación cristiana; se ha informado bien e intenta hacerlo mejor que sus predecesores. Aunque han transcurrido al menos cincuenta años desde que ocurrieron los hechos, Lucas tiene cuidado en señalar que lo ha “comprobado todo exactamente”, para que el lector Teófilo a quien va dedicado el texto pueda estar seguro de su gran fiabilidad.

Por eso Lucas antes de comenzar a narrar la actividad de Jesús, nos quiere dejar muy claro cuál es el entusiasmo que empuja al Profeta de Galilea y cuál es la meta de toda su actividad. Indudablemente, la técnica de redacción de los textos evangélicos fue larga y complicada. No buscaban ser reportajes, tampoco tenían el mismo criterio de “historia” que nosotros. Este relato no es la "historia de Jesús", sino que, como en el caso de Marcos, es el evangelio, la buena noticia de Jesús lo que en definitiva importa.

A continuación del prólogo y saltándose los relatos de la infancia, el bautismo y las tentaciones, el texto que tratamos hoy nos coloca en el comienzo de la llamada "actividad pública de Jesús” con la proclamación de lo que, en este evangelio, se establece como su "discurso programático".

La lectura del evangelio de hoy tiene su frescura en el episodio de Jesús en la sinagoga de Nazaret. Lucas nos cuenta como Jesús animado por el Espíritu Santo, vuelve a Galilea y comienza a anunciar la Buera noticia del Reino de Dios. Recorriendo las comunidades y enseñando en las sinagogas llega a Nazaret, ciudad donde se había criado y en la que había participado en las celebraciones durante treinta años. Y nos dice también que Jesús ya había empezado su predicación, y que era conocido por la región donde “su fama se extendió” y nos informa de que “todos lo alababan“.

A continuación Lucas nos hablará del rechazo que el mensaje y la persona de Jesús provocara entre su propia gente. Desde el principio de la actividad de Jesús muchos le seguirán, pero otros le rechazarán.

El sábado siguiente, según acostumbraba, va a la sinagoga para estar con la gente y participar en la celebración. En el texto de hoy queda muy claro que no es la primera vez que entra en una sinagoga porque dice: "como era su costumbre". Esto se da por supuesto al final del texto cuando comenta: "haz aquí lo que hemos oído que has hecho en Cafarnaún”.

Es él quien les explica el texto a sus paisanos: el vecino se ha convertido en maestro. Parece natural que Jesús escogiera Nazaret para anunciar el reino por vez primera, que deseara manifestarse a sus compatriotas como aquél que tiene el Espíritu de Dios, que ha sido enviado a proclamar su evangelio, el año de gracia del Señor, que es libertad para los oprimidos, visión para el ciego y redención de cautivos.

Jesús lee un texto de la profecía de Isaías. En este texto se aseguraba la llegada de un mensajero, un enviado de Dios y que él mismo sería la Buena Noticia para los más necesitados de la tierra y “proclamar el año de gracia del Señor“. Este texto es el punto de partida. Pero más importante aún que la cita, es la omisión voluntaria de la última parte del párrafo, que dice: "...y un día de venganza para nuestro Dios" (estaba expresamente prohibido añadir o quitar aunque fuera una insignificancia del texto).

Grande debió haber sido la sorpresa de los presentes en la sinagoga al ver a Jesús proclamando, mediante la lectura, la Palabra de Dios profetizada por Isaías. Los que mejor conocieron a Jesús, se negaran a aceptarlo, no le creyeron: no podían pensar que quien fue vecino tanto tiempo fuera ahora el enviado de Dios. Lo que Jesús lee y comenta, eso sólo estaba reservado a los maestros. Aunque él ya era uno, en Nazaret apenas lo conocían como el hijo del carpintero.

Los que escuchaban conocían de memoria el texto, y se dieron cuenta de la omisión. Que el hijo de José se atreva a rectificar la Escritura era inaceptable. El no comenta un texto cualquiera de la Torá, que era lo más importante para el judaísmo, sino un texto profético, demostrando que la base de su predicación se apoya más en los profetas que en el Pentateuco, demostrando que la buena noticia no era solamente para los judíos, sino para todos los pueblos. “Si no es para todos no es evangelio”.

Para un judío era impensable que alguien se atreviera a cambiar la idea de Dios reflejada en la Escritura. Pero el mismo Espíritu que ha inspirado la Escritura, “unge a Jesús”, para corregirla e ir mucho más allá. El valor único que se daba a la Escritura queda anulado. No se anula la Escritura, sino el carácter absoluto que le habían dado los maestros de la ley. Ninguna doctrina, rito, o norma pueden tener valor absoluto.

Sería una lástima que también nosotros, al igual que los paisanos de Jesús entonces, respondiéramos con la misma indiferencia e incredulidad a este ofrecimiento de Jesús. Corremos el riesgo, como ellos, de creer conocerlo desde siempre, de saber sobre él tantas cosas, pero no le reconocemos como el enviado que Dios nos ha mandado para traernos la buena noticia.

Los cristianos tenemos que saber en qué dirección empuja a Jesús el Espíritu de Dios, pues seguirlo es precisamente caminar en su misma dirección. Y no olvidemos que esto debemos conseguirlo con el estudio profundo de la palabra.

 

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