Domingo, 03 Septiembre 2017 10:14

XXIX DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A, 22 DE OCTUBRE DE 2017

Lecturas dominicales

El evangelista Mateo nos sitúa como en los domingos anteriores, en los últimos días de Jesús en Jerusalén, en el contexto de un enfrentamiento definitivo con todas las autoridades de Israel. Después de la entrada que es aclamado por la gente (Mt 21,1-11), Jesús purifica el templo (Mt 21,12-16), discute con los sacerdotes y los ancianos sobre la autoridad que tiene Jesús (Mt 21,23-27). Después viene la parábola de los dos hijos, en la que Jesús denuncia la hipocresía de algunos grupos (Mt 21,28-32). Siguen dos parábolas, la de los viñadores asesinos (Mt 21,33-46) y la de los invitados que no quieren participar en el banquete de bodas (Mt 2,1-14).

Entonces todos los "poderes" de Israel, los fariseos, los saduceos, los doctores, empiezan la ofensiva para desautorizarle en una discusión pública, estos jefes religiosos comprendieron que las tres parábolas polémicas (los dos hermanos que el padre manda a trabajar en la viña, viñadores homicidas y banquete de Bodas) se referían a ellos; por eso atacan con tres preguntas, el primer ataque viene de los fariseos, que se alían con sus mayores enemigos, los partidarios de Herodes, que intentan tenderle una trampa para tener de qué acusarlo. La primera es la del tributo al César que acabamos de leer. La segunda es sobre la resurrección de los muertos. La tercera, sobre cuál es el primer mandamiento, que leeremos el domingo que viene.

La pregunta que hacen a Jesús es una trampa muy bien preparada para ir creando un clima propicio para eliminarlo. La pregunta es sobre el tributo que hay que pagar a los romanos. Era un asunto polémico que dividía a la opinión pública, querían a toda costa acusar a Jesús y así, disminuir su influencia sobre la gente. “¿Es lícito pagar impuesto al César o no?”.

Por entonces, además de los impuestos que se pagaban a través de peajes, aduanas, ejercicio de la profesión, uso de cosas públicas, subsidio para el ejército, tasas de sucesión y de ventas, mas los impuestos del templo y cultos, los judíos debían pagar el tributo al César, que era la señal por excelencia de sometimiento a él.

Los fariseos y herodianos no tenían dudas sobre este tema; ambos grupos eran partida-rios de pagarlo. Los fariseos, porque no querían conflictos con los romanos mientras les permitieran observar sus prácticas religiosas. Los herodianos, porque mantenían buenas relaciones con Roma.

Por lo que se refiere al tema del impuesto exigido por Roma, es sabido que constituía (además de una carga económica) una humillación permanente para el pueblo judío, que no toleraba el reconocimiento de ningún "señor" fuera de Yhwh.

De hecho, a lo largo de todo el siglo I, estallaron revueltas a causa de la política de impuestos aplicada por los ocupantes romanos, en concreto Judas el Galileo pidió al pueblo que no pagara el tributo a Roma, ya que el único “Señor” del pueblo era Yhwh; y no debían someterse a ningún otro "señor". Aun sabiendo que no pagar el tributo es considerado como "un acto de guerra" contra Roma.

Parece que Jesús era un maestro en desactivar preguntas engañosas y en poner en ridículo a quienes tramaban trampas con la única finalidad de atraparlo en ellas. También cuando le preguntan sobre la resurrección, apelando a un planteamiento absurdo (Mc 12,18-27); o cuando le presentan a una mujer sorprendida en adulterio exigiendo su condena (Jn 8,1-11); o cuando le cuestionan la autoridad desde la que actúa (Mt 21,23-27).

Este grupo se acerca adulando a Jesús. ”Maestro, sabemos que eres sincero y que enseñas el camino de Dios conforme a la verdad, sin que te importe nadie, porque no te fijas en apariencias”. Ellos con su adulación dibujaron el retrato más fiel de Jesús, indudablemente la integridad, la coherencia y la libertad interior constituyeron las "señas de identidad" de Jesús y guiaron su actuar a lo largo de toda su vida, a pesar de las consecuencias que le acarrearon.

Jesús destruye los argumentos de quienes le piden que se defina. Los fariseos, opuestos al ejército de ocupación y celosos pregoneros de la única autoridad divina, manejan y llevan en sus bolsillos monedas paganas idolátricas para un judío piadoso.

Tenemos que recordar que los judíos usaban habitualmente la moneda oficial romana (la más común era el denario) pero existía moneda propiamente judía que casi se usaba solamente para pagar el impuesto al Templo: la más común era el siclo (que valía 4 denarios). En muchas de las otras, que a veces incluso se aceptaban para pagar al templo (por ejemplo la dracma), había imágenes paganas, incluso de dioses.

Jesús, como sus contemporáneos, acepta que el ámbito de dominio de un rey es aquel en el que vale su moneda. Si en Judá se usa el denario, con la imagen del César, significa que quien manda allí es el César, y hay que darle lo que es suyo.

En la moneda que les pide Jesús se veía en el anverso, la imagen del César Tiberio adornado con la guirnalda de laurel que indicaba la dignidad divina, con esta inscripción: "Tiberio César Augusto, hijo del divino Augusto". Y, en el reverso, la leyenda "Pontífice Máximo" y la figura de la madre del emperador sentada en un trono de dioses. Lo que se cuestiona es, si un judío tiene que aceptar la soberanía de una nación extranjera o seguir teniendo a Dios como único soberano.

Jesús no se detiene con los tributos y tonterías de ese tipo: si llevan "la moneda del impuesto" en sus bolsillos, que cumplan sus obligaciones. Pero él no vive al servicio del Imperio, sino abriendo caminos al Reino de Dios y su justicia.

Jesús no está pensando en Dios y en el César de Roma como dos potencias poderosas que pueden exigir sus derechos a sus súbditos. Por eso, les responde con una respuesta que nadie le ha preguntado: "Dad a Dios lo que es de Dios". Es decir, no deis a ningún César lo que solo es de Dios. O dicho de otra manera "retirad al César lo que es de Dios". Como ha repetido tantas veces a sus discípulos, los pobres son de Dios, y los pequeños son sus predilectos, y el Reino de Dios les pertenece.

¿Qué puede ser del César que no sea de Dios? No se pueden sacar de este texto conclusiones acerca de "qué es de Dios y qué es del César", porque todo, también lo del César, es de Dios.

El trabajo, el tiempo, la política, el dinero es de Dios. Y todo eso hay que darlo a Dios. No por lo que dice este texto, que no dice nada de todo eso, sino por lo que dice el Evangelio entero.

¡TODO ES DE DIOS!
 

 

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