Domingo, 03 Septiembre 2017 09:28

XXXVIII DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO, CICLO A, 15 DE OCTUBRE DE 2017

 

Lecturas dominicales

El domingo anterior, la parábola de los viñadores homicidas terminaba diciendo, “Por eso os digo que se os quitará a vosotros el reino de Dios y se dará a un pueblo que produzca sus frutos” (Mt 21,43). El significado de la parábola resulta muy claro si la leemos en su contexto. Forma parte de una discusión de Jesús con los sumos sacerdotes y fariseos sobre su misión y autoridad (Mt 21, 23-43), aquí Jesús hace un resumen de la historia de la salvación. Algo similar afirma la parábola de hoy, la de los invitados al banquete, que nos ha llegado a través de Mateo y Lucas, aunque con diferencias significativas, procedentes de la perspectiva de cada evangelista. En las comunidades de los primeros cristianos, tanto de Mateo como de Lucas, seguía muy vivo el problema de la convivencia entre judíos convertidos y paganos convertidos. Los judíos tenían normas antiguas que les impedían comer con los paganos. Después de haber entrado en la comunidad cristiana, muchos judíos mantuvieron la costumbre antigua de no sentarse en la mesa con un pagano.

Quizás al principio Jesús lanzo dos parábolas relacionadas con el festín, donde se diferenciaban dos momentos, la invitación de los convidados (Mt 22, 1-10); y la del vestido de bodas con el que hay que participar en ellas (Mt 22,11-13). En la primera se nos enseña que la invitación es universal, y en la segunda se nos dice que para participar debemos tener unas condiciones mínimas. Posteriormente fueron reunidas en una sola parábola.

En el Evangelio, hoy Mateo nos cuenta como Jesús nos habla de Dios y de su reino con una imagen muy familiar para nosotros y fácil de entender, la del banquete; porque es así como nosotros solemos celebrar los momentos más importantes de nuestra vida, sentándonos a la mesa, junto a los que más queremos; invitando a nuestros mejores amigos.

La parábola de los invitados a la boda se inspira en un poema del libro de Isaías a propósito del gran banquete que el “Señor del universo preparará para todos los pueblos, en este monte, un festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares exquisitos, vinos refinados” (Is 25, 6-10). Es un banquete al que todos están invitados. Para comprender el enfoque de Mateo es esencial tener en cuenta no sólo el texto de Isaías sino también el de Lucas.

En el evangelio de Lucas, la parábola contada por Jesús explica por qué en la comunidad cristiana (“el banquete”) no están los que en teoría tendrían que estar (“los judíos”), sino otros (“los paganos”). La versión de Lucas podría crear en las comunidades cristianas un sentimiento de satisfacción. La versión de Mateo es mas critica y dura, ha reinterpretado la parábola a la luz de los acontecimientos posteriores y en clara polémica con las autoridades religiosas judías.

En Mateo el protagonista no es un hombre cualquiera, sino un rey (Dios), que celebra la boda de su hijo (Jesús). Y no envía a un solo criado, sino a muchos (haciendo referencia a los antiguos profetas). Los invitados, en vez de excusarse de buena manera, como en Lucas, simplemente no quieren ir, (incluso llegan a matar a algunos criados) y la reacción del monarca es terrible, manda sus tropas a acabar con los asesinos y a prender fuego a la ciudad (destrucción de Jerusalén por los romanos en el año 70). Esta reacción violenta del rey en la parábola se refiere seguramente a lo que aconteció de hecho según la previsión de Jesús. Cuando cuarenta años después, fue destruida (Lc 19,41-44; 21,6;), a continuación Mateo introduce otra novedad respecto a Lucas: no se invita a pobres, lisiados, ciegos y cojos, sino a todos, “malos y buenos”.

En el evangelio de Mateo, la primera parte de la parábola (Mt 22,1-10) tiene el mismo objetivo de Lucas. Llega a decir que el dueño de la fiesta manda entrar a “malos y buenos” (Mt 22,10). Pero al final añade otra parábola como hemos comentado anteriormente (Mt 22,11-14) sobre el traje de la fiesta, que insiste en lo que es específico de los judíos, a saber, la necesidad de pureza para poder comparecer ante Dios.

Pero este nuevo añadido de Mateo es el que más nos interesa: un invitado se presenta sin vestido de boda y es echado fuera. Mateo saca unas consecuencias nuevas para los miembros de esa comunidad cristiana tan particular, con objeto de que sepan responder siempre a la llamada que se les ha hecho. Con estos cambios, la parábola explica por qué la comunidad cristiana está compuesta de personas tan diversas y, al mismo tiempo, contiene un toque de atención para todas ellas. En el Reino de Dios puede entrar cualquiera, “malo o bueno”. Pero, si se acepta la invitación, hay que presen¬tarse dignamente vestido.

Recordar que en aquella época era una ofensa para quien te ha invitado, ir a la fiesta con un traje ordinario de trabajo. Es señal de que no tienes en la debida consideración la ocasión a la que has sido invitado. Esta imagen, utilizada en la parábola del banquete del reino, quiere significar que no se entra en el Reino sin estar preparado; el único modo de preparase a ello es la conversión. En efecto, cambiar vestido en lenguaje bíblico indica cambiar el estilo de vida o sea convertirse (Rom 13,14; Gal 3, 27; Ef 4, 20,24).

Nuestra parábola es muy fuerte, y debe seguir siéndolo en cuanto a los motivos de los que rechazan el banquete, como lo es también la actitud del rey que, en vez de suprimir el banquete, invita a todo el mundo que se encuentra por los caminos: Jesús piensa que la boda es un fiesta de salvación por lo tanto es un acto de “libertad”.

Tanto hoy, como ayer, sigue resonado explosiva esta parábola: Dios sigue llamando a su banquete a todos los hombres y mujeres del mundo. Todos somos convocados. Y Dios invita en serio, porque es nuestro Padre y porque quiere ver la sala del banquete llena. Tenemos la suerte que nuestro Dios que es Padre y Madre a la vez, tiene los sentimientos que tienen los padres y las madres, pero en grado infinito.

Mateo introduce al final la idea de que los invitados deben ser conscientes de que entrar en el Reino implica revestirse interiormente con el traje del banquete. Es la exigencia del Reino: hemos sido invitados gratis y por amor, pero algo debemos hacer para que el amor no quede en bellas palabras. El celo por ser misioneros y extender el Evangelio, debe llevarnos no a la fácil componenda, sino al cambio interior profundo. El Evangelio del Reino no parece admitir vías intermedias, estamos invitados todos, no estamos obligados, pero si aceptamos nuestra vida debe cambiar.

Los nuevos invitados son los gentiles, es decir todos los seres humanos, sin importar ni raza ni condición social y, lo que es más escandaloso, sin importar si son “malos o buenos”.

El banquete esta preparado para todos, pero unos valoran más sus fincas y sus negocios y no les interesa. Todo el evangelio es una invitación, si no respondemos que “sí” ya hemos dicho “no”. Como la parábola de los dos hermanos nos recordaba hace unos días, sólo es válida la respuesta por las obras. El texto nos dice que los primeros invitados no se lo merecían, tiene razón, pero existe el peligro de creer que los llamados en segunda convocatoria sí se lo merecían. El centro del mensaje del evangelio está en que invitan a todos: “malos y buenos”.

Esto es lo que no terminamos de aceptar. Seguimos creyéndonos los elegidos, los privilegiados, los buenos con derecho a la exclusiva. “Por parte de Dios todo está hecho; pero es el hombre quien libre y generosamente debe acudir al banquete”.
 

 

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